Este ensayo forma parte de un proyecto titulado Refugiar(se), que recoge la colaboración de diversos autores y artistas, y perfilado en torno al paso del huracán María por la isla de Puerto Rico. Como parte de esta iniciativa, se presenta una parte del mismo para intentar provocar debates a la vez de actuar acorde a los principios colaborativos que el proyecto profesa.

Ernesto Chévere Hernández

Los refugios forman parte de nuestra cotidianidad incluso desde antes de nacer. Nos refugiamos en el vientre de nuestra madre, nuestro seno familiar, nuestros círculos más íntimos y nuestras comunidades. Quizás no lo percibimos de esta manera, pero los refugios a los que acudimos nos hacen sentir seguros, en paz, inquebrantables. Pero, ¿qué ocurre cuando nuestros nichos de seguridad son vulnerados? El paso del huracán María por la isla de Puerto Rico el pasado 20 de septiembre de 2017 ha reabierto una herida que ya existía, pero que desde el confort era difícilmente perceptible para una gran tajada de la población. No solo se ha cristalizado de manera inequívoca las grandes desigualdades que existen en nuestra isla, sino además el dudoso calibre de la clase política y la situación colonial que nos embarga. Algunas cortinas de humo han intentado minimizar el impacto negativo que padecemos y distraernos de lo medular: somos seres humanos que merecemos dignidad y respeto. Desde algunos refugios se han establecido guerras de posiciones contra el capitalismo neoliberal que, de la mano con el colonialismo, tiene a gran parte de la isla sumida en condición de miseria. Hoy, esos refugios buscan, necesitan, precisan ampliar sus filas de militancia. Para alcanzar un impacto mayor, resulta imprescindible que dichos refugios se asuman como agentes de cambio y transformación trascendiendo algunas de sus diferencias, quizás aquellas menos profundas, ante la subordinación hegemónica que les consume, colocando así el cascabel al chivo expiatorio adecuado. En este caso, resulta necesaria la búsqueda de esos elementos en común entre los heterogéneos grupos enfrentados al sistema (en adelante, sistema se referirá al modelo capitalista y neoliberal dominante), que logren constituir un elemento totalizador (un «nosotros») que consiga articular sus diferencias a través de cadenas de equivalencias frente al sistema (el «ellos») (Laclau, 1996). Esto es, la búsqueda de denominadores comunes entre los actores en cuestión donde, al menos a manera de percepción, se reduzcan las brechas en el espacio político. El efecto de estas cadenas equivalenciales es la unión de grupos heterogéneos en torno a unas construcciones particulares comunes. Ahora bien, el que los individuos reconozcan sus elementos en común a través de equivalencias entre sus luchas no significa que domestiquen sus diferencias. Estas siempre existirán. Según Laclau, las cadenas equivalenciales no pretenden hacer desaparecer las diferencias, más bien infieren un nivelsuperior de compromiso entre los individuos y grupos afines que escogen unirse sobre la base de lo que les une para alcanzar una demanda en común sin que esto signifique renunciar a sus demandas más amplias (Laclau, op. cit.). Se crea aquí una identidad colectiva con un norte específico en común, donde las diferencias continúan operando dentro de la equivalencia, pero no se anteponen a la misma. De esta manera, se posibilita el articular un «nosotros» más amplio, con marcadas diferencias con el «ellos» que representa elsistema –político, social y económico– al que se enfrentan. Cabe destacar que existe una diatriba que busca homogeneizar las diferencias a nivel interno de los Estados. Esto es una totalización institucional que hace que las equivalencias que los grupos dominantes construyen desde sus particularidades se transfieran a la totalidad de la población. Esto no solo suprime las diferencias a nivel interno de los Estados e intenta invisibilizar en cierta manera a las clases dominadas, sino que además acrecienta los elementos diferenciales con otros pueblos, etnias, razas, o grupos fuera de las propias. Esta normalización de los estándares dominantes hace ver que las clases subalternas lo son porque están inadaptadas o simplemente escogen serlo, es decir, es su propia culpa. Entonces, cualquier cosa que no se parezca a los estándares establecidos por las clases dominantes se percibe como disfuncional y tiene que ser cambiado, modificado o «normalizado». Esta estrategia suele justificar, dentro de la retórica del sistema, la represión ante quienes se accionen en contra del mismo y, en ocasiones, su desprecio por parte de otros grupos sociales, además de que puede potenciar enfrentamientos entre las mismas clases dominadas a quienes se les inculca a través de varios medios (educación, medios de comunicación, propaganda, etc.) que sus equivalencias se articulan con las clases dominantes. Esta estrategia del sistema se interpone también a que dichas clases subalternas –locales y globales– se entiendan como homólogas entre sí. En otras palabras, se emplea el llamado «divide y vencerás». Esta es la estrategia que emplea el sistema para mantener su hegemonía y evitar cualquier tipo de subversión por parte de las sociedades subordinadas de su Bloque Histórico. El Bloque Histórico es un concepto abordado por Antonio Gramsci para explicar cómo se ejecutan las relaciones de poder. El bloque es el resultado del balance que existe entre dos componentes esenciales, la estructura y la superestructura. Se entiende por estructura las relaciones sociales, políticas y de producción que se llevan a cabo en una sociedad (conjunto de relaciones), mientras que la superestructura se concibe como un reflejo de esas relaciones (representación de las relaciones en un todo). En nuestro caso, la estructura del bloque son los grupos subordinados en el sistema, mientras que la superestructura es el sistema, el cual articula el tipo de relaciones que se llevan a cabo en el bloque. Gramsci sostiene que a partir del reflejo que realice la superestructura de la estructura, es que se construye un imaginario colectivo que se transfiere a la totalidad de la población y le otorga a la superestructura cierto poder hegemónico al ser el reflejo que recoge la significación del «todo» que representa la estructura. Quien consiga apropiarse de las significaciones de estas construcciones particulares tendrá mayor capacidad hegemónica. Como parte de esta estrategia, la estructura del bloque, en nuestro caso el Estado capitalista y neoliberal, utiliza el discurso y la manipulación del derecho como herramienta. Dice Gramsci (Sacristán, 2013: 357): «Si cada Estado tiende a crear y mantener cierto tipo de civilización y ciudadano (y, por tanto, de convivencias y de ilaciones individuales), y tiende a provocar la desaparición de ciertas costumbres y actitudes y a difundir otras, entonces el derecho será el instrumento de esa finalidad (junto con las escuelas y otras instituciones y actividades) y tendrá que ser elaborado para que sea conforme a ese fin…». Desde este punto de vista, se legitiman las acciones del Estado ante quien atente contra sus principios, y discursivamente no «castiga», sino que «lucha» en contra de los elementos de «peligrosidad» en las sociedades. De esta manera, la hegemonía discursiva del sistema ha creado subjetividades que han contribuido en la catalogación de sentido común a elementos igualmente subjetivos y que han pasado a entenderse como normas universales incuestionables. Por ejemplo, las presunciones de lo que significa el trabajo y sus significantes, al igual que el uso paradójico de nociones como «emprendedor» o «flexiguridad» y la significación que le otorga elsistema, trabajan sobre la psiquis del trabajador. En estos casos la clase trabajadora es manipulada de manera subconsciente a, más que apelar a su autonomía, libertad o independencia, a actuar en favor de su subordinación, sujeción y competencia (Serrano, 2016: 111). Esto quiere decir que los discursos que se desprenden del economicismo inciden directamente en la conducta de los trabajadores –en este caso concreto constituyendo un homo economicus– para convertirles en agentes que compiten entre sí antes que cooperar. Este espíritu de competitividad, que es uno de los pilares del capitalismo –en la práctica y en el discurso–, pasa a entenderse como un elemento normal y orgánico sin cuestionamiento alguno, arraigándose incluso en nuestros elementos idiosincráticos, como si biológicamente estuviéramos «diseñados» para competir entre nosotros. Las construcciones discursivas del sistema han calado de manera profunda en nuestras conciencias y se han convertido en normas de comportamiento generalizadas. Ahora bien, existen elementos que apelan al surgimiento de nuevas subjetividades de los individuos y nuevos espacios de lucha y resistencia. Si bien es cierto que uno de los mayores éxitos del movimiento neoconservador durante estos últimos cuarenta años aproximadamente ha sido lograr imponer una narrativa única que reduce la relación entre ciudadano y Estado a un contrato, desplazando a un lugar secundario la ética de la inclusión social, la pertenencia, la solidaridad y el igualitarismo de las sociedades (Morán, 2016: 177-178), también es cierto, continúa María Luz Morán, que existen indicios para sostener que, en torno a las crisis, se han ido cristalizado los cuestionamientos de aquellas viejas certidumbres cuadriculadas, enmarcadas por el capitalismo neoliberal y su utilización de las estructuras de la Modernidad, sobre los fundamentos más básicos de nuestra vida común. «La difusión a lo largo y ancho del mundo de demandas a favor de una regeneración de la vida política democrática, o que defienden cambios profundos del modelo productivo [y de distribución de capitales] –Indignados del 15M, Occupy Wall Street, [Se acabaron las promesas], movimientos altermundistas…– [pareciera] inaugurar una nueva era de movilización colectiva […]. Al mismo tiempo, algunos fenómenos inquietantes revelan también la urgencia de volver a tomar reflexión sobre la ciudadanía» (Morán, op. cit.: 175). Los adversarios del sistema se han mantenido tácticamente enfrentados con el orden mundial de turno y sus defensores mayormente en una guerra de posiciones más que en una guerra de movimientos. Según Gramsci, en la política se tiene una guerra de movimientos cuando se trata de conquistar posiciones no decisivas y, por lo tanto, no se movilizan todos los recursos para alcanzarlas. Sin embargo, cuando esas posiciones han perdido todo valor y solo importan las decisivas, entonces se pasa a la guerra de cerco –o guerra de posiciones– recíproca para alcanzar o mantener dichas posiciones decisivas y donde se requieren cualidades excepcionales de paciencia y espíritu de invención (Sacristán, op. cit.: 262). A pesar de menciones de guerra de movimientos por parte del sector que se opone al sistema –por ejemplo, el levantamiento Zapatista en Chiapas de 1994–, se ha asumido mayormente la guerra de posiciones, ya que hasta el momento no se han enfrentado directamente a su «enemigo» más allá de enfrentamientos puntuales entre manifestantes y fuerzas del Estado. Los adversarios del sistema se han aferrado más bien a su posición táctica en las bases, apostando a la constitución y fortalecimiento de una base más sólida. Sus posiciones, que van desde movimientos políticos y sociales, organizaciones comunitarias hasta medios de comunicación de masa alternativos, han ido poco a poco calando en las estructuras preexistentes de los Estados y adquiriendo mayor visibilidad y contundencia. Ahora bien, Gramsci nos advierte que en el momento en que los elementos subversivos de la estructura, compuesta fundamentalmente por los adversarios del orden global de turno, se plantean reconstruir su propia historia, los propios deseos y las propias pasiones inferiores a la común son causa de error ya que sustituyen al análisis objetivo e imparcial resultando esta acción en un autoengaño (Sacristán, op. cit.). Resulta imprescindible para los adversarios que identifiquen didácticamente todas las significaciones de sus conceptualizaciones y que lo realicen sobre las bases de las cadenas equivalenciales que les han llevado a constituirse como grupo. De esta manera, garantizan que sus acciones sean cónsonas con sus reclamos y discursos. El sector adversario del capitalismo neoliberal dentro de la estructura del Bloque Histórico está en alzada. Se manifiestan en contra del neoliberalismo, el capitalismo, el control de la información y el despotismo burocrático de muchos de los Estados de los cuales son parte. Se oponen a los sistemas globales que rigen la política internacional y a Estados que en apariencia tienen una base político-social en gente «modesta», pero cuya estructura es plutocrática y estrechamente ligada al sector financiero global. Gramsci sostiene que: «La historia de los grupos subalternos es necesariamente disgregada y episódica. No hay duda de que en la actividad histórica de estos grupos hay una tendencia a la unificación, aunque sea en niveles provisionales; pero esa tendencia se rompe constantemente por la iniciativa de los grupos dirigentes. […] Incluso cuando parecen victoriosos, los subalternos se encuentran en una situación de alarma defensiva». (Sacristán, op. cit.: 439-440). Los grupos dirigentes no cederán sus posiciones de privilegio y corresponde a los grupos que alcanzan su autonomía respecto a su enemigo articularse como contendientes unitarios (Laclau, 2005) y buscar que esa unidad adquiera cada vez matices menos episódicos. En esta articulación no basta solo con críticas al sistema, también hacen falta propuestas bien articuladas que apelen a las clases y los grupos a quien se desea llegar para así aumentar las filas de militancia para el enfrentamiento dialéctico contra sus opresores en el camino a la transformación que necesitamos en nuestra sociedad, una más inclusiva y con mayor justicia social.